Judíos procedentes de la sinagoga de Aranda al refugio de las montañas gallegas

Outra achega de Antonio Valcárcel sobre a realidade xudea na Idade Media.

Pocos pueblos como Aranda de Duero con tanta historia de convivencia entre las tres culturas: Islámica, judía y cristiana que hayan convivido al amparo de leyes y fueros que permitieron a los moradores de la Villa convivir con cierta tolerancia y respeto entre tan “dispares” culturas y religiones. Pero, hasta hoy en día, está cubierto bajo un tupido velo que oculta ciertos puntos oscuros y que los investigadores o historiadores deben de revelar. A lo que yo, humildemente, trato de aportar con sendas investigaciones y referencia documentales que descansas en los archivos. Y que son testigos mudos, pero escritos, de ciertos acontecimientos y avatares derivados de una convivencia no ajena o análoga a otros pueblos de España. No exentas lamentablemente de sufrimientos, crímenes, expropiaciones que en particular fue testigo el cinturón pétreo que constreñía a la Villa de Aranda de Duero y a su vez protegía del invasor de los ataques desde el exterior. Dentro… las más amargas hieles segregadas por las vísceras, colaterales de la envidia de quienes ansiaban el poder absoluto en detrimento de la libertad y la democracia.
El Edicto de expulsión de los judíos españoles fue promulgado como todos sabemos por los Reyes Católicos D. Fernando e Isabel. Un fatídico día 31 de Marzo de 1492. El Edicto ofrecía a los judíos que aún no habían abrazado el cristianismo, la posibilidad de convertirse, y ésta opción se mantuvo hasta el último momento e incluso la conversión desde el país de acogida. Los que ofrecieron resistencia a la conversión, se obligaban por tanto, a liquidar sus patrimonios a precios exiguos a subastadores sin escrúpulos, que adquiría sus patrimonios. Otros realizaban paripés de compra de los bienes, con objeto de protegerlos, por si un día deseaban regresar a la tierra de sus ancestros. Pero… si lo hacían de judíos la pena era capital, muchos regresaron ya convertidos al cristianismo por fe ó interés de recuperar sus casas, bienes y poder visitar su camposanto donde descansaban las osamentas de sus parientes y antepasados. Cuyos epitafios y nombres de los yacientes estaban gravados en las lápidas de granito con el buril del cantero, aún conservaban sus nombres…, tras apartar las hierbas que tapaban las lápidas se erigían éstas solemnes, apuntado al cielo. Ahora hace 504 años de su expulsión, llevarían ahora por tanto, dos milenios de presencia ininterrumpida. Al llegar a Aranda vieron que aquellos que compraron sus bienes pretendían pedir cantidades astronómicas y comenzaron nuevos procesos judiciales de reclamación de sus bienes a tenor de la ley del Decreto de Expulsión que les garantizaba la recuperación de su patrimonio si abrazaban el Catolicismo y lo demostraban con la partida bautismal correspondiente.

No ha habido ojos humanos que tantas lágrimas hayan derramado, hasta quedar enrojecidos, que los ojos de los judíos. Y si fuésemos capaces de ver el corazón, veríamos que llevaban el color del sufrimiento. Tomaron el camino del exilio por mar y por tierra y mientras caminaban unos nacían y otros morían, los predicadores salían al camino ofreciéndoles la salvación de sus almas y el alivio de sus penas. Otros de peor índoles les esperaban en los páramos del campo y observaban a aquellos judíos que sus prendan ofrecían connotaciones de opulencia, pese a que a los judíos se les prohibía ataviarse con “calzas de soleta” y ropajes felpados, y se les obligaba a llevar en el hombro izquierdo, y siempre al descubierto en poblado, la famosa “redondela bermeja” que tantas vidas había costado al judaísmo. Empero, que no se llevase en despoblado, por razones paradójicas de seguridad, con el fin de evitar que el pueblo les diese muerte. El día de la expulsión descosieron la “redondela bermeja” de su hombro y la guardaron algunos, en señal de reliquia por el sufrimiento que les aportó, otros la quemaron ó la tiraron al “río Duero”. Los asesinos imaginaban, y con acierto, que en sus estómagos e intestinos escondían sus monedas, oro y piedras preciosas. Y sin compasión los mataban vilmente, y abrían sus tripas en busca de los tesoros escondidos.

Siempre hay en todo camino un buen samaritano y éste fue D. Iñigo de Barahona, para los judíos de Aranda el receptor, comprador y cuidador de la Sinagoga y su camposanto. Un día fue llamado por los rabinos D. Mahiz Corcoz y D. Bueno Abolafia y con el dinero que le brindó la comunidad judía compró la Sinagoga, con la esperanza de que las negociaciones de Isaac Ben Yehudá Abarbanel, Tesorero de Alfonso V de Portugal; y Seneor Tesorero de la Santa Hermandad proyectaron, entre otros, sus influencias con los Reyes Católicos para evitar el Edicto de Expulsión. Y bajo estas premisas de negociación donde la esperanza era abrazada, pero no alcanzada. Mahiz Corcoz y Bueno Abolafia recogían todos los instrumentos de culto y los rollos de la Torá y dejaban el hueco de la pared vacío. Los candelabros que alumbraban los siete días de la creación del mundo construidos de ricos ornamentos orfebres con incrustaciones de ricas piedras preciosas y oro. Pero como no les estaba permitido sacar oro ni moneda, con un buril desencrustraron las piedras preciosas y el oro de los candelabros los machacaron hasta laminarlo en formas cómodas para que no lacerasen sus gargantas y estómagos, envueltas en masa de pan ázino y untadas en aceite de oliva, las iban tragando.
El Bachiller Alonso de Torres se presenta una mañana del último día de Julio con una orden para que preste su apoyo al judío Symuel de Soto, y a sus criados, amigos y parientes todos judíos y residentes en Aranda de Duero, y que les acompañe y ampare hasta que salgan de estos reinos. Le pregunta Symuel si le puede enseñar el Decreto de expulsión a lo que el bachiller Alonso de Torres le entrega un documento amputado cuyo pedazo rezaba lo siguiente: “ (…), somos informados de los inquisidores e de otras muchas personas, religiosas, eclesiásticas e seglares; e consta e parece seer tanto el daño que a los christianos se sigue e a seguido de la participación conversación o comunicación que an tenido e tienen con los judíos, los cuales se precian que procuran siempre, por cuantas vía e maneras pueden, de subvertir de nuestra Sancta Feé Católica a los fieles, e los apartan della e traénlos a su dañada creencia e opinión, instruyéndoles en las crencias e ceremonia de su ley, faciendo ayuntamiento donde les lean e enseñen lo que an de tener e guardar segund su ley; procurando de circuncidar a ellos e a su fijos; dándoles libros por donde recen sus oraciones… ”.
Agachó la cabeza Symuel de Soto, se rascó la cabeza a través de la Kipá, y cogió un libro de su ley que recogía la doctrina del Talmud y La Torah, azotó a la mula y comenzaron la peregrinación con aquellos enseres que si les estaba permitido llevar…, a algún lugar del exilio en dirección al Este del Reino de Portugal para después pasar como lo hicieron los de Soto a tierras gallegas entre Galicia y Zamora.
Un dominico gritando salió a su encuentro mostrando un crucifijo negro.
-¡Besa la Santa Cruz, judío y serás salvo!

-Maldito día se dijo, Iñigo de Barahona, el día que adquirí la Sinagoga-
Los cofrades de Santa Ana vieron con buenos ojos la posibilidad de convertir la Sinagoga en su iglesia. Sin embargo, un documento de escribanía impedía tal posibilidad. No fue óbice para que la Cofradía de Santa Ana formada por muchos conversos y por la fuerza de la violencia tomase la Sinagoga y la ocupase de forma ilegal y la convirtieron en iglesia.
El corregidor de Aranda de Duero, a petición de la Cofradía de Santa Ana instó al Corregidor a que averiguase si Iñigo de Barahona compró la sinagoga. Y con artimañas, y vulnerando una vez más la legalidad, ganó la cofradía del provisor un mandamiento que le dio la posesión de la sinagoga de los judíos y esto ocurrió el 1493-03-06 y fue incorporada a la iglesia de los cofrades de Santa Ana. Pero, en la fecha que se producen las reclamaciones se hacen sin la defensa de D. Iñigo de Barahona. Pesaba sobre él un edicto de expulsión y desterramiento de la Villa de fecha 1492-06-28 por ciertas palabras y enojos que había tenido con Gonzalo de Quemada, ambos vecinos y regidores de la misma Villa, siendo el verdadero “culpable” Gonzalo de Quemada. La mala suerte perseguía a D. Iñigo de Barahona, pero esa mala suerte no estaba escrita en las estrellas, eran pura conspiración auspiciada por ciertos intereses y poderes de la Villa. Gonzalo García de Quemada era un hombre cruel y egoísta en el año de 1495-08-21 se tropieza con una comisión del corregidor de Aranda sobre que Gonzalo se apoderó de los bienes de sus hermanos: Alonso e Isabel García de Quemada esta monja profesa del Monasterio de Calabazanos y los bienes eran de herencia de sus padres. La demanda fue efectuada por su otro hermano, D. Francisco García de Quemada, deán de Logrofio.

Es aquí cuando las influencias de Gonzalo García de Quemada y sus relaciones con los hombres poderosos de la iglesia comienzan a darle la espalda. El paño que absorbía todas la sangre y lágrimas que dejaba tras de si él Gonzalo García de Quemada comienza a acartonarse y pese a que algunos de sus amigos aún se fiasen del clan, como fue el caso de Rodrigo de Prado, que actuó como fiador del Antonio, hijo de Gonzalo, que fue condenado por ciertas cuchilladas que dio a Sancho de Salcedo y fueron tomados los bienes de Rodrigo de Prado en la cuantía que correspondía como fiador del hijo de Gonzalo García de Quemada. Al parecer las cuchilladas que recibió Sancho de Salcedo fueron propinadas a cuenta de que éste tenía tomada a sus hijos una parte de la bodega subterránea que les correspondió en la herencia de Pedro García Lapuente, su abuelo.

Gracias a los judíos que fueron expulsados del reino; Iñigo de Barahona era un hombre rico y que ostentaba el cargo de Procurador. Se juntó con otros conversos: Pedro de Santa Cruz y Francisco de Mena y se personaron ante el procurador fiscal, Diego Romaní para comprar los oficios de regidores de la Villa de Aranda. El estigma de su etnia no era ni siquiera disipado por sus caudales, La Santa Inquisición los investigaba muy de cerca, tanto a él, como a sus socios y amigos. Pedro de Santa Cruz fue acusado de judaizar y puesto ante El Santo Tribunal de la Inquisición y la pena fue de prisión. Corría el año de 1503 y tras cumplir condena Pedro de Santa Cruz realiza una reclamación ante los corregidores de Soria y Aranda de Duero para que “ciertos tesoreros” le paguen las cantidades de las rentas que fueron a su cargo para la paga de la gente de las guardas y de que no le dan cuenta ni razón por haber estado preso en la cárcel de la Inquisición. Iñigo de Barahona temblaba y se preguntaba si Pedro de Santa cruz y, si durante el interrogatorio y malos tratos que recibió…, su lengua se disparase como un arcabuz contra sus amigos, declarando pelos y señales; tal vez con la intención de evitar el potro y demás instrumentos de tortura..

El lector se puede preguntar que pese a tan traumáticos acontecimientos la raza judía guarda un odio extremo a los cristianos ó si esto a su vez fue recíproco y la historia demuestra que en tales situaciones siempre existe el milagro del perdón. Y para ejemplo, traigo a colación al converso burgalés don Pablo de Santa María que habitó la Aljama burgalesa. Pablo de Santa María pertenecía a una familia hebrea de noble alcurnia, aunque de muy parvos medios de fortuna, que se trasladó a Burgos capital a mediados del siglo XIV. Nació En el año de 1350, y desde muy joven se inició en los estudios rabínicos, y a los veinte años estudió leyes y Filosofía moral, conociendo a Avicena y a otros escritores árabes y judíos. Fue designado Rabino Mayor de la judería de Burgos con la aprobación del Rey Juan II. Abrazó el catolicismo y en el año 1416 fue nombrado obispo de Burgos.

Nota: El tema y documentación que he investigado posee material suficiente como para redactar una novela de carácter histórico y forma parte de mi obra inédita: “Los Judíos de Aranda de Duero”. Por tanto, sirva el presente estudio como una sonda que ha detectado un asunto de carácter histórico que aconteció en la Villa de Aranda del Duero. Significando una laguna importante en la historia de los judíos españoles en Aranda, que, ¡ojalá!, despierte el interés de historiadores y escritores. Y saquen a la luz aquellos fatídicos días de expulsión a tenor de un Edicto de los Reyes Católicos que manchó la historia de España y en este caso en particular afectó a Aranda de Duero.

Antonio Valcárcel Domínguez

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