La emigración argentina: nuestros ausentes de hoy

El exilio es uno de los mayores temores …

El exilio es uno de los mayores temores que afrontamos muchos hombres. Con el nombre de “extrañamiento” integró el repertorio de penalidades que los hombres, puestos a jueces, nos asestamos recíprocamente.
No por casualidad, en muchos códigos solía proponerse como una alternativa a la muerte. Dos castigos con una raíz común: la penuria de ser privado para siempre del disfrute de los afectos arraigados, de la tierra nutricia y aún de la lengua y la caricia materna.
Platón nos cuenta en la Defensa de Sócrates que, ya declarado culpable, el viejo maestro es invitado a elegir su propio castigo. Sabiendo que su exilio aliviaría a sus enemigos, absolviéndolos de matarlo pero liberándolos igualmente del asedio del “tábano”, Sócrates analiza esa posibilidad. Pero sólo para descartarla de plano.
“¿Cómo podría yo vivir en otra tierra, privado del trato de mis vecinos, entre gentes que no me conocen?”
“Y si no he podido ganarme vuestro afecto, a pesar de haber nacido y crecido entre vosotros, ¿cómo puedo aspirar siquiera al respeto de los ajenos?”
Juzga, Sócrates, el exilio peor que la muerte.
¿Cómo es posible que alguien elija por su propia voluntad, no presionado por la amenaza de un castigo irreversible, cortarse las raíces que lo atan a la sucesión de sus generaciones y a la historia familiar y sus escenarios? ¿Cómo optar por esta muerte menor, enmendable, es cierto, pero que consiente exigirse un dolor continuo? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo?
Me parece que los emigrantes exitosos, (pienso en nuestros padres) tienen una noción del tiempo que va a contramano de la nostalgia. En ellos, el futuro se convierte en la única dimensión “habitable”. Trazado un proyecto, toda aspiración a concretarlo es una inspiración y una motivación. Como si, realmente, desde el futuro su proyecto “los aspirara”, sin permitirles ya volver la cabeza, llorar lo perdido.
El emigrante se domicilia en el futuro y desde allí ordena su vida. Una vida que comienza a ser toda “futuriza”, diría nuestro Julián Marías.
No hay, en esta elección legítima, olvido ni postergación del pasado. Se trata de adoptar el otro sentido para el tiempo que pasa y nos arrastra. Por eso la vida se jalona de metas, aún a veces sólo tretas para engañar la soledad del extrañamiento.
“Cuando ahorre lo suficiente”. “Volver triunfador, realizado.”
En el tema y en la estructura de estos anhelos hay, también, una clave que nos deja comprender por qué y quiénes eligen emigrar. Los relatos de emigrantes insisten en la pobreza de la que se viene, en la esterilidad de los sueños que se cambia por un futuro maravilloso y posible. Tanta miseria y ahogo como para que la primaria, instintiva, animal, adhesión al terruño, ceda ante la posibilidad de una vida de protagonista, de una biografía elegida.
Lo que otra vez nos lleva al tema del futuro vivido en anticipo.
El exiliado político, en cambio, el amenazado por el extrañamiento, no concibe un futuro fuera de su patria, de su ideal de patria. Tiene con su espacio natal sólidos vínculos simbólicos y ha proyectado en él sus valores. Esa mayor densidad y riquezas simbólicas denuncian la presencia de lo urbano, nos indica que estamos hablando de ideales políticos y sociales, del modo de convivencia que define la vida en las ciudades.
Sócrates rechaza la salida fácil del exilio en nombre de su amor por Atenas. Porque es sin duda ateniense su ministerio de preguntar, interrogar, incomodar y él sabe que en el futuro ese acucioso oficio definirá a su ciudad y a su tiempo. La Atenas de Sócrates no es intercambiable con ningún otro horizonte y entregará mansamente la vida como prueba de esa convicción.
Pero, en la misma plaza, un campesino, un marino o un artesano, atenienses como Sócrates y como el mismísimo Pericles, al enterarse de su elección por la cicuta, no entienden que el filósofo haya elegido morir antes que afrontar un futuro desconocido en esas lejanas tierras cuya promesa llena, para ellos, el corazón de fábulas.
Ellos son emigrantes. Llevan en sus baúles la vieja cultura y la gratitud por la nueva vida que se han prometido. Ya están viviendo de futuro.
Sócrates no avizoraba lejos de Atenas sino el amargo rencor de la expulsión y los pedazos de una historia interrumpida.
Habitualmente no somos los prototipos que, en este artículo, expresa Sócrates. Tampoco somos en forma pura los simples atenienses dispuestos a la aventura, a construir sobre terreno de futuro. Lo más probables es que haya en nuestra psiquis ingredientes de ambos prototipos.
Emigrantes a ratos, exiliados a veces, desarraigados siempre, nuestros ausentes de hoy son una pregunta desesperada por el sentido mismo de la vida.

Roberto Eiriz Estévez

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