Del granero del mundo sólo quedan escombros (parte 2 de 4)

Del granero del mundo sólo quedan escombros (El duro oficio de vivir en la Argentina, parte 2 de 4)

(Magnitud de la pobreza en Argentina)

Esa misma noche, la del sábado, vi al menos
diez o doce familias esperando que las pizzerías
o los McDonald’s de la calle Corrientes
o de la avenida Rivadavia, a la altura de Flores,
cerraran sus persianas para clasificar las basuras
y comer las sobras: había chicos
de tres a once años, padres y madres de familia
a los que nadie habría imaginado
en situaciones de miseria

Tomás Eloy Martínez (escritor)
Fábula de la cigarra y las hormigas
El País – Opinión
25 de marzo de 2002

Nada más simple que retratar la pobreza en la Argentina. No es necesario salir a buscar estadísticas oficiales, índices de desempleo o estimaciones económicas. La pobreza lo inunda todo.

En los últimos diez años (aunque con más vigor en los últimos dos años del siglo XX), la economía de la enorme mayoría de las personas que viven en la Argentina se derrumbó en picada. Hoy, las calles, los barrios y las ciudades dan pena. Los comercios cierran sus puertas por falta de ventas con la rapidez de una torre de naipes que cae. Los hospitales no tienen ya capacidad para atender a tantas personas que perdieron el trabajo y, con él, los servicios médicos y sociales. Y la mayoría de las esquinas se poblaron de niños mendigos, de mujeres desarrapadas, de hombres jóvenes y vigorosos pero desempleados, todos pidiendo esas monedas salvadoras que, tal vez, les permitan comer esta noche.

No es barroquismo literario ni un compendio de metáforas crudas. Es la rigurosa realidad nacional. En la Argentina rica de ayer, hoy todo es miseria y pobreza.

Las cifras de la penuria

Hace años que la pobreza se extiende como una plaga sobre la Argentina. Su última víctima, la más reciente, es la clase media.

La opinión generalizada de los expertos coincide en que en la Argentina de hoy viven 14 millones de personas por debajo de la llamada “línea de pobreza”, un indicador que mide la capacidad de cada adulto de proveerse una canasta elemental de bienes y servicios básicos, valuada en unos 150 pesos mensuales (50 euros aproximadamente). Es decir que más del 40 por ciento de los individuos que viven en la Argentina pasan necesidades. Uno de cada tres habitantes.

Aunque las relevaciones del Instituto Nacional de Estadística y Censo (Indec) nacen condenadas a perder vigencia por la velocidad que ha tomado el deterioro socio-económico de las familias argentinas, las últimas estimaciones aseguran que, solo en el año 2001, 2,3 millones de personas se convirtieron en nuevos pobres.

Pero hay más. No sólo una importante franja de la clase media y media baja cayó en la pobreza sino que, además, una porción importante de los pobres pasó directamente a la condición de indigentes. Es decir que ni siquiera pueden comprar una canasta de alimentos mínima en calorías, valuada en 63 pesos mensuales por adulto del hogar (21 euros).

Nada mejor es la situación por fuera de la capital del país. En las ciudades periféricas (un cordón de urbes que rodean a Buenos Aires y que son conocidas como Gran Buenos Aires), la miseria atrapó a una de cada dos personas: en esa área, la pobreza llegó en octubre de 2001 al 51,7 por ciento de la población, en tanto que la indigencia trepó del 11,7 al 19,2 por ciento.

Y nada hace pensar que esta situación vaya a cambiar en lo inmediato.

La Argentina atraviesa la peor recesión de su historia. La construcción prácticamente ha caído a la mitad (la actividad de ese rubro fue en enero de este año del 44,2 por ciento). La industria se achicó en un 18 por ciento. Las ventas en los centros de compra se redujeron el 40,1 por ciento y en los supermercados la caída de ventas (a pesar de los aumentos de precios) fue del 6,4 por ciento.

A pesar de las promesas y del optimismo del gobierno del presidente Eduardo Duhalde, lo cierto es que la realidad avanza por una ruta y los discursos por otra diferente. Así, hasta ahora, las únicas consecuencias concretas de la devaluación fueron la transferencia de ingresos en favor de algunos grupos exportadores y una formidable contracción del consumo.

Mientras tanto, la producción sigue paralizada por falta de insumos (importados, con costos privativos, imposibles de pagar), la cadena de pagos está quebrada, el crédito desapareció junto con la inversión, y la caída estrepitosa del salario arrastró a la demanda de productos. La Argentina de hoy es una enorme maquina detenida y sin perspectivas reales de volver a funcionar en el corto plazo.

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Débora Campos
Hija de gallegos, es periodista y docente de periodismo en la Universidad de Buenos Aires. Escribió para diarios como Página/12, Clarín y El Día de La Plata y varias revistas publicaron sus artículos.

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